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Chile, los Estados Unidos y la política interna

Autor: Alejandro San Francisco

Si hay un país que despierta interés para los chilenos, ese ha sido sin duda Estados Unidos de Norteamérica. El tema no es nuevo, sino que ha tenido vigencia desde el mismo proceso de independencia nacional; tuvo una expresión notable en una famosa carta de Diego Portales y luego otras tantas manifestaciones de amistad y conocimiento recíproco durante el siglo XIX.

En el siglo XX la situación adquirió nuevas dimensiones, que cobran relevancia en el Chile actual. Por una parte, Estados Unidos se convirtió en la potencia que tenía mayores inversiones en el país, particularmente notorio en el ámbito de la minería del cobre; por otra parte, se desarrolló un pensamiento antiimperialista, definido y promovido por distintas corrientes intelectuales y políticas de izquierda.

En realidad, eran dos caras de la misma moneda: la primera se refería a la inversión extranjera, mientras la segunda procuraba ilustrar que ella beneficiaba exclusivamente a “los gringos”. Lo resumió de manera notable el grupo Quilapayún en la canción “Nuestro Cobre”, cuando se refería al rojo metal de la siguiente manera: “Nuestro cobre/nacido entre los cerros/y robado por manos extranjeras/cambiado por dinero”. La poesía de Pablo Neruda habló de “satrapías”, de los “abogados del dólar” y del “imperio que pone la mesa, que sirve las comidas y las balas”. En la década de 1960 -según corrían los vientos de la historia- el historiador Hernán Ramírez Necochea alcanzó a anunciar “una situación histórica irreversible: el imperialismo está ahora en quiebra, vive la crisis de la agonía, está acosado por los pueblos y nada podrá detener su colapso definitivo y total” (en Historia del Imperialismo en Chile, Santiago, Editora Austral, 1960). Pese a ello, pocos años después el presidente Salvador Allende -en su famoso discurso final- culpaba “al capital foráneo, el imperialismo unido a la reacción”, de haber propiciado el golpe de Estado en 1973.

La situación cambió radicalmente después. En buena medida ello ocurrió porque la política exterior norteamericana se volvió contra Pinochet y apoyó a la oposición en el proceso de transición a la democracia. Con posterioridad, los gobiernos de Estados Unidos valoraron especialmente la renacida democracia chilena, e incluso el demócrata Bill Clinton llegó a calificar a Chile como una joya entre las naciones latinoamericanas. Clinton incluso prologó un libro del Presidente Ricardo Lagos, Así lo vivimos. La vía chilena a la democracia (Santiago, Taurus, 2012), donde destacó una conversación de junio de 2000, a propósito de una conferencia sobre la Tercera Vía: “Entre otras cosas, hablamos de cómo Chile podía convertirse en la piedra angular del área de libre comercio que estábamos construyendo en nuestro hemisferio”.

Finalmente, el Presidente Lagos firmó el tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, bajo la administración de George Bush. El tema era doblemente valioso, considerando que Lagos era el primer socialista en ocupar La Moneda desde Allende.

El Presidente Gabriel Boric acaba de realizar un viaje a los Estados Unidos -también aprovechó de visitar Canadá- para participar en la Cumbre de las Américas, reunión que se realizó en Los Ángeles, entre el 6 y el 10 de junio. Después de reunirse con el Primer Ministro Justin Trudeau, Boric sostuvo una conversación con el Presidente norteamericano Joe Biden.

Muchos se quedaron en las anécdotas y errores diplomáticos, lo que de alguna manera opacó por momentos los temas de fondo de la agenda. El líder chileno aprovechó este periplo para reiterar ante los inversionistas y el mundo empresarial la vigencia de Chile como un lugar adecuado para invertir. En una de las partes más importantes de su mensaje, el gobernante chileno manifestó: “Les aseguro que los principios que han inspirado el desarrollo del país en los últimos años, como la certeza jurídica, el respeto a los tratados internacionales, la independencia del poder judicial, del respeto a la libertad de expresión, el respeto irrestricto a los derechos humanos son principios que vamos mantener y nuestro gobierno está profundamente comprometido con ello”.

Las palabras del Presidente Boric tienen un doble significado. Por una parte, la coalición más izquierdista que gobierna Chile desde la Unidad Popular no puede prescindir de los Estados Unidos, de su importancia a nivel internacional y de sus inversiones. La postura del Presidente Allende fue exactamente la contraria, por cuanto desafió y enfrentó a la gran potencia del norte, en el clima hostil de la Guerra Fría y en medio de una tensión que parecía no tener descanso ni fin. El segundo factor es la necesidad que manifiesta Boric de explicar el proceso político chileno -confuso, contradictorio y de final incierto- que lo anima a buscar que los inversionistas no se vayan de Chile, que sigan confiando en un país que en un momento fue confiable, que entiendan que los cambios son “para mejor” y que vean las posibilidades que se abren en este nuevo escenario.

¿Qué va a quedar de esto? No es claro cómo terminará esta historia, aunque es evidente que el Presidente Gabriel Boric es una figura atractiva internacionalmente, que despierta interés en medios de prensa norteamericanos e incluso en algunos intelectuales de izquierda de ese país. No obstante, la información de los mercados y de las diferentes naciones -más aún con los medios que hoy tenemos- no se basa en las declaraciones de algún dirigente político o en la orientación editorial de algún medio, sino en los crudos hechos y en las bases reales de la democracia y el estado de derecho. Lo más importante de todo, en estos planos, es el proceso constituyente que vive el país. Una posibilidad de leer esta realidad es la que utilizó cándidamente el gobernante frenteamplista: “el proceso constituyente que estamos llevando nosotros busca adecuar nuestras instituciones a la realidad que vivimos”.

En realidad, la situación es muy diferente. En Chile no se están adecuando las instituciones, sino que se están eliminando muchas y están naciendo decenas de otras; las convicciones de la tradición constitucional del país han dado paso a una carta de marcado signo transformador. Por ejemplo, en uno de los aspectos que Boric expresamente mencionó que se mantendría y en lo cual su gobierno está comprometido -“la independencia del poder judicial”- la situación es exactamente al revés: el poder judicial desaparece en la propuesta de la Convención Constitucional. En otros planos, la nueva carta fundamental se adecua más a otra declaración del Presidente de la República, realizada a mediados de 2021: “Chile, que fue la cuna del neoliberalismo, será también su tumba”. En otras palabras, tienen el sabor de la revolución de octubre de 2019 más que la lógica de las relaciones internacionales con las grandes potencias capitalistas de junio de 2022. Si el proceso sigue abierto es porque la madre de todas las batallas se jugará el 4 de septiembre próximo, en el plebiscito que marcará el Apruebo o Rechazo a la nueva Constitución.

Para ello, la lógica política seguramente volverá a ser local. Por lo mismo, será más relevante la capacidad real que tenga el gobierno de enfrentar algunos problemas cruciales de la sociedad en el presente, como la delincuencia y el deterioro económico. En otro plano, veremos la fortaleza o debilidad de Chile para articular de forma efectiva su futuro institucional, cualquiera sea el resultado en septiembre próximo.

Después de todo, el país no es una historia de fracasos, como algunos han insinuado, sino que tiene una trayectoria con logros y limitaciones que vale la pena considerar y poner en valor. Lo mismo ocurrirá con las relaciones internacionales, particularmente con Estados Unidos, un socio clave, complejo, con el que existe una relación histórica larga y contradictoria, llamada a continuar por largo tiempo.

Alejandro San Francisco, Académico Universidad San Sebastián y Universidad Católica de Chile. Director de Formación del Instituto Res Pública.

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