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Religión y economía, por Juan E. Iranzo

Autor: The Objective

Para un cristiano, la Semana Santa es la conmemoración anual de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret. Es un periodo de intensa actividad litúrgica dentro de las diversas confesiones cristianas. Son días especiales para meditar sobre nuestras acciones, incluidas las económicas.

La relación entre religión y economía ha sido un tema de interés y debate durante siglos. Dos de las corrientes religiosas más influyentes en la historia de la economía son la religión católica y el calvinismo. Aunque comparten algunas similitudes en su enfoque ético hacia las finanzas y los negocios, también presentan diferencias significativas que han dado forma a sus respectivas perspectivas económicas.

La religión católica, con su base en la doctrina social de la Iglesia, enfatiza la importancia de la justicia social y la solidaridad en asuntos económicos. Desde un nivel macroeconómico, impulsa políticas económicas que protejan a los más vulnerables y promuevan la equidad en la distribución de la riqueza. Ya la encíclica Rerum novarum del papa León XIII, en 1891, trataba asuntos económicos y sociales, defendiendo los derechos de los trabajadores y la responsabilidad de los empleadores hacia el bienestar de sus empleados.

A nivel empresarial, la ética católica promueve la responsabilidad social corporativa y el respeto por los derechos laborales. Las empresas son llamadas a considerar no solo sus ganancias financieras, sino también su impacto en la comunidad y el medio ambiente. La encíclica Laudato sí, del papa Francisco, de 2015, establece un enfoque integral del desarrollo sostenible.

En el ámbito financiero, la religión católica condena la usura y la explotación financiera, abogando por una gestión prudente y ética de los recursos financieros. Los fieles son alentados a practicar la moderación en el uso del dinero y a invertir en proyectos que beneficien a la sociedad en su conjunto, en lugar de buscar solo el beneficio personal.

«La ética católica enfatiza el equilibrio entre el éxito material y el bienestar espiritual»

A nivel individual, la ética católica llama a los creyentes a vivir de acuerdo con los principios de la fe, practicando la caridad y la justicia en todas sus transacciones financieras y en sus vidas personales y profesionales. Se enfatiza el equilibrio entre el éxito material y el bienestar espiritual, buscando un enriquecimiento integral que abarque todas las dimensiones de la vida humana.

El calvinismo presenta una ética del trabajo y una visión de la prosperidad material que han sido históricamente asociadas con el desarrollo del capitalismo. Según las enseñanzas de Juan Calvino, esta religión fomenta una mentalidad ética de búsqueda activa del éxito material en esta vida. Esto ha llevado a una valoración positiva del trabajo duro y la acumulación de riqueza, tal y como estableció Max Weber en su famosa obra: La ética protestante y el espíritu del capitalismo publicada en 1905.

A nivel empresarial, el calvinismo ha sido asociado con el desarrollo del espíritu emprendedor y la mentalidad empresarial. Los empresarios calvinistas pueden sentir una responsabilidad moral para con Dios y la comunidad en la búsqueda del éxito económico. Aunque la acumulación de riqueza se considera una bendición divina, también se espera que los empresarios administren sus negocios de manera ética y responsable.

En el ámbito financiero, fomenta una actitud favorable hacia la inversión y la gestión financiera prudente. Se considera que la acumulación de riqueza es un medio para glorificar a Dios y ayudar a otros, siempre y cuando se realice de manera ética y responsable.

«En el calvinismo el énfasis está más en el éxito material como una expresión de la elección divina»

A nivel individual, se espera que administren sus finanzas de manera juiciosa y contribuyan al bienestar de la comunidad en general. Sin embargo, a diferencia de la enseñanza católica, el énfasis está más en el éxito material como una expresión de la elección divina que en el equilibrio entre el éxito material y el bienestar espiritual.

A pesar de que los argumentos de Weber han sido debatidos ampliamente en el plano teórico, pocos análisis lo han contrastado empíricamente.

Según un estudio de Becker y Woessmann publicado en el año 2009, las regiones de Prusia con un mayor porcentaje de protestantes tenían un mayor nivel de vida a finales del siglo XIX, pero no se debía tanto al trabajo duro y al ahorro, como a la inversión en educación. Para ser capaces de estudiar la Biblia, los niños debían ir a la escuela para aprender a leer, esta obligación no solo tuvo implicaciones religiosas; sino que también favoreció el crecimiento económico al mejorar el capital humano. Sin duda el trabajo y el ahorro favorecen el crecimiento, pero no tanto por las connotaciones religiosas, como por la cualificación de las personas.

Asimismo, los profesores Doepke y Zilibotti establecieron que los artesanos y comerciantes que habitualmente vivían en las ciudades constituían las clases medias antes de la revolución industrial y favorecían el progreso y el desarrollo del conjunto de la sociedad; tanto en países católicos como en los calvinistas. Ser artesano, requería de un largo periodo de formación y tener capital financiero acumulado para invertir en el negocio, que normalmente procedía de la agricultura.

«Resulta esencial impulsar la formación como factor fundamental de progreso individual y colectivo»

A priori, la ética calvinista fomenta más el espíritu empresarial y el beneficio que la religión católica. En la realidad, el desarrollo depende también de la existencia de un capital humano cualificado. Resulta esencial impulsar la formación como factor fundamental de progreso individual y colectivo, como mecanismo de reducción de la pobreza e instrumento imprescindible para consolidar una sociedad civil libre y critica. Además, resulta esencial el respeto y la defensa del Estado de derecho.

Junto a la formación, es imprescindible la existencia de empresarios eficientes, con independencia de sus creencias religiosas, que funden empresas privadas que produzcan adecuadamente bienes y servicios, en un entorno de competencia, que generen empleo y lógicamente operen de acuerdo con las leyes vigentes. Además, es necesario disponer de capital que financie el proceso y que sea remunerado adecuadamente,

En definitiva, a lo largo de la historia se constata que el modelo de economía de mercado, esbozado en gran medida por los escolásticos de la Escuela de Salamanca ya en el siglo XVI, es el que ha impulsado el crecimiento y el desarrollo. Un modelo que es éticamente adecuado por favorecer la reducción de la pobreza, impulsar el bienestar del conjunto de la sociedad y respetar la libertad individual.

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