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¿Tú eras de Ética o de Religión?

Autor: Eduardo de Vicente

En mi colegio, a finales de los años sesenta, la Religión era una asignatura obligatoria. Nosotros le decíamos el catecismo, porque era el libro de texto oficial con el que íbamos aprendiendo lo que entonces llamaban las verdades incuestionables. 

A los niños de entonces nos gustaban las historias del catecismo: nos impresionaba la de Caín y Abel, con la que convivíamos a diario en un mural que había pintado en una de las paredes de la clase, y nos sonaba a gran aventura lo del arca de Noé y todos los milagros que Jesús iba regalando entre los necesitados. Cuánto disfrutamos coleccionando aquellos cromos del Antiguo Testamento que la editorial Ferma promocionó por los colegios en 1968.

La Religión tenía esa pincelada de fantasía que nos cautivaba, aunque no nos gustara tanto el tener que aprendernos de carrerilla todas aquellas oraciones que recitábamos en coro cuando nos ponían a rezar. Nos aprendimos de memoria el Padre Nuestro, el Credo, el Dios te Salve María, los Sacramentos, sin entender casi nada de lo que querían contarnos.

Cruzamos la infancia con aquella asignatura de andar por casa que tenía la ventaja de que nunca te la suspendían por muy torpe que fueras. Un día, ya en plena Transición, cuando estábamos envueltos en una atmósfera de cambios que todo lo mudaba, nos dieron la posibilidad en el Instituto de olvidarnos de esa vieja compañera de camino que había sido para nosotros la asignatura de Religión y escoger otra más adaptada a los nuevos vientos como era la asignatura de Ética. Nos la ofrecieron como una alternativa  y como diciéndonos de paso que ya estaba bien de sermones, de curas y de milagros, y que ya era hora de hablar de valores cívicos y de aspectos morales que nos ayudaran a ser mejores personas sin que estuviera el redentor en medio.

Fuimos muchos los que no entendimos bien aquello de la Ética, que nos sonó a asignatura de estudio, a tener que leer libros por obligación, a trabajos en grupo y a exámenes, por lo que decidimos quedarnos como estábamos y seguir con nuestra Religión que en el contexto de las materias de estudio significaba un descanso en el recargado horario semanal. Era un alivio cuando decíamos aquello de “hoy a última hora tenemos Religión”, porque era como salir un rato antes, una tregua que nos hacía más soportable aquel denso Bachillerato que nos obligaba a ir al instituto por la mañana y por la tarde. 

La aparición en escena de la Ética llegó después de una década de cambios constantes en la enseñanza. Los años setenta trajeron la Educación General Básica y el Bachillerato Unificado Polivalente y nuevas formas de entender las relaciones dentro del aula así como nuevos conceptos pedagógicos. 

Fueron desapareciendo del panorama los viejos maestros de la lección magistral y la vara de mando, aquel profesor autoritario que lo mismo te castigaba de rodillas en una esquina, que te tiraba de las patillas o te daba un morrillazo. Aquel superdotado que era capaz de impartir todas las asignaturas, aquel rey del aula que por las tardes, a primera hora, daba cabezadas sobre la mesa mientras hacíamos ejercicios de lectura y cuando se despejaba se fumaba un cigarro y mandaba al enchufado de turno al bar más cercano a traerle un café cargado.

Dentro de las clases la vida se fue haciendo más respirable, sobre todo cuando nos pudimos mezclar los niños con las niñas y cuando empezaron a ponerse de moda los trabajos en grupo. Hacer un trabajo en grupo suponía trabajar menos, ya que dividíamos la tarea y el simple hecho de ser muchos nos hacía más agradable la obligación. 

Fue en aquel tiempo cuando se puso de moda el proyector y las filminas para completar las lecciones de geografía y las de Historia del Arte. Cómo disfrutábamos cuando llegaba el maestro o la señorita con aquel aparato debajo del brazo y nos decía que cerráramos las ventanas y bajáramos las persianas para quedarnos a oscuras. En ese momento estallaba una alegría colectiva en la clase porque en esa hora no íbamos a tener que copiar apuntes a toda velocidad ni aguantar treinta minutos de teoría insoportable. Las proyecciones convertían el aula en una pequeña sala de cine que nos alborotaba como si nos regalaran un rato de recreo.

Fueron tantos los cambios que hasta los muebles se vieron implicados. Un día nos cambiaron las viejas bancas corridas de madera, las del pupitre inclinado con el tintero en una esquina, y nos trajeron mesas y sillas individuales  con un hueco debajo del asiento para poder meter la cartera.

Poco a poco las escuelas de barrio se fueron quedando anticuadas y empezaron a florecer los grandes colegios nacionales. Los nuevos centros trajeron maestros más jóvenes, con otra preparación y una asignatura que apenas existía en los colegios antiguos: la de Gimnasia. Nos tuvimos que comprar en el Palacio de los Deportes o en Montor, pantalones cortos y camisetas de sport y sobrevivir a la tortura de saltar el potro y de dar volteretas en una colchoneta como si estuviéramos preparándonos para una olimpiada.

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