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Carta del obispo de Coria- Cáceres: Esperar con amor de madre

Autor: Jesus Pulido Arriero

El tiempo de adviento que acabamos de comenzar nos prepara para la celebración de la navidad recordando la primera venida histórica de Jesús en nuestra carne, como niño. La Virgen María tiene un protagonismo especial. Estas cuatro semanas no solo recogen la historia del pueblo de Israel en espera del Mesías anunciado por los profetas, sino que también concentran los nueve meses de espera de María desde la anunciación del ángel hasta el nacimiento de Jesús. María esperó con inefable amor de madre.

En este contexto de esperanza, la fiesta de la Inmaculada Concepción de María adquiere un especial relieve y significado: Dios mismo prepara la venida de su Hijo, y quiere que nos preparemos nosotros. A lo largo de los siglos, Dios dispuso un pueblo bien dispuesto mediante sus siervos los profetas. Y, en la plenitud de los tiempos, preparó una madre inmaculada.

El misterio que celebraremos el día 8 de diciembre es que María es la “Llena de gracia”, como la saluda el ángel Gabriel, tan llena de gracia que no cabe en ella sombra alguna de mancha de pecado desde el primer instante de su existencia: concebida sin pecado original. Este fue un privilegio singular que Dios le concedió a María en previsión de la pasión de su Hijo, para que fuera la Madre del Mesías, del Santo de los Santos, del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo: “De ella, Virgen purísima, tenía que nacer el Hijo, el cordero inocente, que quita el pecado del mundo”.

Nuestros primeros padres comieron del fruto del árbol prohibido del conocimiento del bien y el mal, contraviniendo la única “ley” que existía en el paraíso. Pretendieron determinar ellos por su cuenta lo que es bueno y malo, prescindiendo de Dios. ¡Algo tan actual! Y así rompieron la relación de amistad y cercanía con Dios. En el pecado llevaron la penitencia: se eclipsó para ellos la presencia de Dios. Se escondieron, se ocultaron. La relación de amor con el Creador se convirtió en miedo. Y así nuestros primeros padres perdieron el paraíso, cuyo rasgo principal era compañía de Dios, que paseaba con ellos.

Desde entonces, como en una familia cuando los padres toman una decisión equivocada y se arruina, las consecuencias recayeron también sobre su descendencia. Así la dificultad para ver a Dios, para caminar con él, constituye una trágica heredad común. Y reproducimos el pecado de nuestros padres con leyes basadas en nuestros deseos.

Necesitamos reconstruir la relación originaria con el Creador. Jesús, el Señor, con su encarnación, muerte y resurrección nos devuelve la cercanía, la intimidad, la unión con Dios, ya no solo como creaturas suyas, sino como hijos queridos. La Virgen María fue la primera en participar de la salvación de su Hijo, preventivamente. Si Jesús nos salvó a todos nosotros del “fango” del pecado, a ella la salvó de mancharse en el pecado. Es la preparación que Dios ha hecho para el nacimiento de su Hijo. Al decir al ángel: “Hágase en mí según palabra”, la Virgen revela que su única “ley” es ya la voluntad de Dios, que determina lo bueno y lo malo: “Purísima había de ser la que diese a su luz al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

Lo que sucede en María sucederá también en nosotros: ella es madre y modelo de la Iglesia. Es la estrella que brilla en nuestro camino de adviento y nos conduce al Mesías y Salvador. Humilde nazarena, en quien Dios se ha fijado, es testigo privilegiado de la bondad y cercanía de Dios con los humildes y los pequeños, con los hambrientos y los necesitados… con su pueblo, con la descendencia de Abrahán, su siervo.

La esperanza de adviento ahuyenta el miedo y nos hace crecer en el amor a Dios y al prójimo. Ya no tememos ni a la oscuridad, ni a la enfermedad, ni a la estrechez… ni a la muerte. ¡Dios está con nosotros, el Enmanuel! Solo él sabe lo bueno y lo malo, lo que más nos conviene: “Hágase en mí según tu palabra”.

Con mi bendición,

+ Jesús Pulido Arriero

Obispo de Coria-Cáceres

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