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Nélida Piñón regresa a Galicia

Autor: Alberto Barciela

Estoy persuadido de que Nélida Piñón está reescribiendo la narración del Universo. La que registra todas las genealogías hasta un lugar común inicial y la que habrá de trasladarse ab eterno. La que se imprimió en arcilla, en papel de arroz, en papiro; con tipos móviles de porcelana, madera o metal. La que nos hizo más cultos gracias a Gutemberg. La que se trasladó oralmente. La que iniciaron los antepasados; los clásicos, con los mitos. La que adornaron filósofos y religiosos y literatos, desde los ídolos hasta las religiones monoteístas. La que compendiaron los enciclopedistas franceses; la que revolucionó Nietzche y otros, matando a Dios. La que tratan de reconducir los físicos, con especulaciones cósmicas; la que reflejaron artesanos, pintores o escultores en sus obras. La que cada cierto tiempo necesita ser renovada, pues el ser humano reconoce sus limitaciones y sabe que ha de recomponer sus relatos. Es por esto que necesitamos cuentistas ingeniosos y valientes, que colmen nuestras ansias de esperanza, no importa de dónde vengan o a dónde vayan. La cultura, la transmisión oral, plástica o literaria parte de esos anhelos y, periódicamente alcanza unos límites, a veces geniales en una pequeña maquina Hermes. Palabra.

La ficción de Nélida trata de ayudar al mismo Homero, de hacer comprensible la tradición de los narradores tradicionales y de mantener el vigor a sus Penélopes, a sus personajes. Sincretiza los ideales de Cristo y de Lutero, absorbe los saberes y los sabores de los dibujos de Altamira o de los poetas sufíes, de los místicos, de los agnósticos. En su idiosincrasia, la autora renueva credulidades, fantasías y palabras; dialoga y discute con Luis de Camoes, con Cervantes y con Shakespeare; recorre vericuetos y laberintos del pensamiento; tira del hilo de Ariadna – el mismo con el que se manejan las cometas de Constantinopla, el que sustenta los invisibles tendales que cruzan la Historia- para urdirlo con la libertad de los vientos, en libros maravillosos. La escritora, teje y desteje. Trata de dar respuestas y un sentido actual al viaje de todos los seres, de todos los tiempos, de todas las civilizaciones; de argüir con todos los ires y venires, partires y retornos en pos de no se sabe muy bien qué salvación, misterio o interrogante definitivo. Así nos propone una guía desde la reflexión, el saber, la moral y el razonamiento; una ruta, un camino en el que se ha de seguir cociendo un pan con el que sustentar la carne y levedar el espíritu. Es su liturgia particular. Valiosa aportación para que cada uno acabe ejerciendo su vida lo mejor posible.

Tengo la suerte de compartir el tiempo que me regala Nélida con intensidad, con el entusiasmo de quienes creemos conocer el valor de cada segundo. En nuestros encuentros, tras la algarabía inicial, como en un ritual, nos despojamos, ceremonial y simbólicamente, de cualquier careta con la que en cada circunstancial nos hemos podido defender en la contienda social, de los tapujos egoístas que emanan por doquier.

Entre nosotros somos naturales, de una espontaneidad casi tribal. Nos nutrimos de reflexiones y nos regalamos improvisaciones, en su caso muy afortunadas. Nos reímos espontáneamente y en abundancia, en ocasiones incluso de forma estentórea -sobre todo ella, pues quizás su experiencia la hace más expresiva-. Su oralidad me fascina. Es una catarata de inteligencia. Precipita metáforas y pensamientos con una cadencia segura, al ritmo de una fonética brasileiro-portuguesa-gallego-española casi bailable, emocionante en su expresión, misterio e intenciones. Su caudal semántico es abrumador. Encauza lejanos saberes clásicos, ecos de África, América y Europa, hibridados en Brasil. Mundana contemporánea, por antigua o viceversa, no deja de sorprenderme. Se ha revestido de un saber abisal. Consecuente, defiende el mestizaje, la concordia discors, el acuerdo no escrito entre culturas dispares. Propone un tranquilo navegar en base al respetuoso entendimiento.

Nélida es griega, romana, árabe, africana, celta. En su acción subyace la intención de hacerse entender, de poder ser leída incluso por los que no saben leer, ni los libros ni la vida. Se esfuerza por transmitir lo que ella sabe, lo que aprehendió de sus antepasados, de la civilización que se fue haciendo con el atravesar de los siglos. Sus intuiciones son barro creador, esencia que se hace cántaro, contenedor de agua de vida.        

Nuestra manera de ser amigos, de ofrecernos amor, es tan sensual como podría haberlo sido en una expresión carnal de juventud, en nuestro caso desencontrada. Nos limitamos a hablar, a mirarnos y a sentirnos próximos en la comprensión del otro, otorgándonos el placer del calor humano, participando complacidos del aprender escuchando, respetándonos de manera exquisita.

Me encandila su cosmopolitismo y su capacidad para escabullirse de las multitudes. Esto adquiere verdadero valor cuando hablamos de un personaje reconocido mundialmente. Su ejercicio es una introspección vital, el más expresivo uso de humanidad pensativa. Se ausenta temporalmente de la masa, del ruido, para concebir su obra. Es consciente de que en su retorno a lo cotidiano ha de portar sabias reflexiones. Metafóricamente, Nélida busca sus ofrendas en el sosiego, en él encuentra su permanente aldea virtual, cual ermitaña.

Se sabe eslabón de todas las imaginaciones precedentes. Las continúa con sus tributos. Con constancia recrea su propia mística, sus asombros expresivos, sus adornos. Utiliza un estilo original, identificable, propio. En un plano formal, técnico, opta por la estética frente a los condicionantes de lo estricto. Taracea con palabras

Nélida es una intelectual capaz de fabular. Intenta así responder al compendio de los interrogantes acumulados por la Humanidad. Encandila al lector utilizando una literatura que merece ser contada, que trata de encontrar amplitudes para su utilidad práctica, que es luz. Goza de una prosa certera, eficaz, resultado de una erudición excelsa, de una experiencia atenta, de un observar ágil. Utiliza sustantivos acariciados por sus adjetivaciones. Cautiva con sus audacias comunicativas, en páginas trufadas de imágenes. Con una prosa lenta, ejerce una especie de juego malabar de intenciones geniales, logra el triple salto en una obra mansa e inmensa. Sus libros son baúles mundo – semejantes a los que soportaban los haberes, muchos o pocos, de los emigrantes-, contienen aventuras míticas y humanas que habrán de recontar las Sherezade de cada era.

En tanto crea, recuerda. Aun así, Nélida conoce la fragilidad de la memoria, pero no se asusta. Se siente obligada a legitimar el pasado para sus contemporáneos, para rehacer ilusiones. Le ofrece a los lectores un punto de fuga bello, quizás una redención paradisíaca. Aquí también se muestra como viajera eterna, superadora de fronteras, de límites intelectuales, de prejuicios y de ideologías castrantes, en definitiva, de lo impuesto. Ahí reside su originalidad máxima, en la elocuencia y en la idea, en la propuesta deslumbrante de las palabras estructuradas con un cierto orden elegante.

Los viajes de la escritora por la geografía física, al margen de su audacia, son insuficientes si los comparamos con su capacidad para incursionar su imaginario, guiada por una libertad firmemente liberal y absolutamente interesada en sus resultados literarios. Lozanos logros, inteligentes, bien esculpidos.

La Premio Príncipe de Asturias de las Letras tiene creencias, convicciones soportables, fruto de la fantasía y de la necesidad de una esperanza. Oscila entre lo que el pasado irremediable le ofrece, lo que la realidad le obliga y lo que la agudeza le sugiere. Es literata que se sabe mujer, un ser humano que coquetea con los significados, los doma y los hace peculiares, incluso digeribles.

Sus indagaciones extraordinarias, su amalgama de elementos simbólicos y conceptuales, nos presentan a un ser comprometido con el enigma de la invención, que consigue una escritura útil, y que goza de un gusto elegante, refinado. No importa que temática se aborde.

Toda su escrita es una conmovedora y profunda plegaria oral en la que caben: la individualidad culta, la soledad escogida, la otredad respetable, la designación clarividente, las carencias objetivas, las dudas humanas, las ambiciones como renuncia, la acusación de las mezquindades, la locura aceptable, la poética del amor, la furia de la carne, los sortilegios de la estética, la maravilla del reflejo, el ser humano como geografía, los destinos permanentes de la Historia, los educados fracasos, el arte ilustrado, el Románico humilde, el Gótico esplendoroso, la memoria de los emigrantes, la cultura universal, la libertad de la experiencia, la fragilidad de la masa, la felicidad moral, los rituales, la curiosidad enriquecedora, la palabra como refugio, el retorno al hogar, la defensa del poder arrogante, la decadencia como finitud, los vínculos; las ciudades desdibujadas, entremezcladas, resultado de tanto vagar entre espacios reales y ficticios, propios y extraños, diversos; la metamorfosis de los significados, la visión poética, los ideales, la ambigüedad intencionada, el afán fundacional, el mito, la elegancia moral, la revolución de la mujer, los derechos humanos, las contradicciones, la autoestima de los vulnerables, las atrevidas analogías, el pasado asumido, la reflexión imprescindible, la transgresión perturbadora, los sucesos extraordinarios, las perspectivas descubridoras…

Nélida vive en el permanente oficio de la seducción erudita. Ejerce de chamán, con una dimensión moral. No renuncia a una comedida ambigüedad, estudiada, para proponer sus soluciones a la barbarie colectiva. Conocedora de la Historia, es consciente de que debemos contenernos, necesitados como estamos de un orden construido, respetuoso, desacralizado, instalado en la generosidad más amplia de la ofrenda. En su obra existe una permanente invitación a vislumbrar la otredad, y con ella la convivencia, la cultura, la paz y la felicidad posible. Estamos ante un privilegiado ejercicio fehaciente de ser humano.

Es una mujer polisémica, aparentemente poliédrica, seditabunda de saber para mejor ser, y transparente. Podría representarse con un excelso juego de sutiles capas de cebolla, que esconden humanos vaivenes sentimentales, propios de un laberinto vital, precipitado y sereno, que se enreda en vericuetos comunes y fantasías excepcionales, prodigio y magia evolutiva, moderna por arcaica, individual y colectiva. No rehúye la hoja en blanco, pues goza del elevado arte de tejer con palabras y de intuir resoluciones para cada misterio. Éxtasis y mística.

Desde A Lagoa o Setubal, acompañada por Karla de Vasconcelos, su secretaria y amiga, y su adorados perros, con el recuerdo del añorado Gravetinho, contempla la vida de seres desesperanzados, de los mismos que supieron engendrar a los dioses para salvarse a sí mismos. Creo que algunas veces, en esa intimidad pervive la aventurera que quiso ser marino, espadachín y soldado real, la que soñaba con protagonizar un western. Todo sucede, mientras escucha música de Mozart, Wagner o de Schubert. Mientras danza con lo cotidiano. Es entonces cuando desciende al Hades, desde la seguridad del hogar.

Curiosa e inquieta, rodeada de papeles y archivos, reverencia los afectos. Es desprendida, tolerante, compasiva, tiene un amplio sentido del ridículo y aún uno más grande de celebración. Se muestra en deuda con la inteligencia, con la astucia humana, con el mundo visible e invisible. Atrapa sin disimulos cuanto pueda alimentar su ya portentosa intuición, lo que expande sus horizontes. Es una lectora voraz e indisciplinada. Reconoce una deuda eterna con Homero, pero lo ha leído todo. Y sigue haciéndolo: el Antiguo Testamento, el Nuevo, a San Pablo, los textos sánscritos. Mucha Historia, de Tucídides a Braudel.

Es anfitriona excelsa, sorpresiva en formas, en el orden del protocolo exacto, nunca estricto. Consigue aromas extraídos del producto natural, en largas horas de cocción lenta. Procura a sus invitados la evocación de los sabores de la infancia. Les invita a acompañarlos con un buen vino y un espléndido final achampanado. En sus celebraciones, la oralidad se impone como alimento central, no del cuerpo, sí del espíritu. Habla, sugiere, escucha, brinda, comparte y cierra los ojos para saborear. Disfruta la buena mesa, el pan y la sal, la empanada de bacalao con pasas, el caldo. Sabe indagar sin heridas en el alma de sus interlocutores, extraer lo mejor de cada uno. Ama las vidas aliñadas. La gran labor del escritor es la recolección de excesos, de singularidades, de pequeñeces, de adjetivos, de descripciones, de disparates verbales y de metáforas espontáneas, la cacería propicia bien puede producirse en una sobremesa deliciosa. La digestión convertirá un apunte en un obra literaria. Antes de que la autora pueda volver a cerrar los ojos para deleitarse.

A pesar de sus fabulas y de la experiencia, estoy seguro de que en ella pervive la niña que oteaba el mundo desde el monte de Cotobade. San Lourenço y Borela son sus patrias preferidas, fundidas en la memoria y en el corazón. Adora Brasil y Galicia. De esta última, venera el viento, las vacas, las patatas, los cerdos rubios, el olor a humedad. Es paisana de aldea y cosmopolita de mundos. Su cabaña, en la que también es feliz cada vez que regresa, está en Río de Janeiro.

Posee una esperanza sabia, incontrolada. Se explaya ficcionando íntimamente el reencuentro con Daniel y Amada, el abuelo de ojos azules y la abuela de misa diaria; con Isolina, su otra abuela; Carmen y Lino, sus padres. Con sus educadores, Madre Elmara, maestra y amiga; Doña Avelina, prodigioso enlace con la negritud; Simón Oliveira, su librero; Carmen Balcells, su agente y amiga del alma. Con Homero, Virgilio, Dante, Cervantes, Shakespeare, Balzac, Víctor Hugo, Machado de Assis, Guimarães Rosa, Clarice Lispector, Borges, Cortázar, y demás componentes de su genética familiar, vital o sapiencial.

En Galicia la espero siempre para volver a buscar unos ojos azules y emocionados que miran a una niña. Podrían pertenecer a Daniel -tiene la mismas letras de Nélida-, a quien el maestro Mateo le otorgó el don del sonreír románico, eterno de la piedra, en el Pórtico de la Gloria. La magia de la vida se puede contar con una sencilla sonrisa, o con una mirada, o con un nombre. Sé que Nélida atesora en su memoria esa mirada azul que un día vio reflejada en los ojos de una vaca marela -literalmente amarilla-. Lo sé porque conozco a mi amiga y la he visto escrutar a una rubia gallega en el camino de Santiago de Compostela a Vedra. Fue uno de esos días en que la vida nos encontró sobre los prados, en la aldea, en un lugar semejante a donde retozan sus recuerdos de infancia. Hablo de una de esas jornadas en que pude disfrutar la emoción de su compañía, sus risas, la conversación culta, demorada, frente a una taza de caldo y a un cocido, ante el fuego de la lareira; una jornada de lluvias lentas, bajo el techo acogedor de una casa empapada por fuera y acogedora por dentro. Como en un cuento. Fue con el fotógrafo Carlos Rodríguez – Galicia, instante eterno-, en el Mesón de Roberto.

En ningún momento hay distancia entre A Lagoa, en Brasil, y Bertamiráns, en Galicia. Esa es la magia de la amistad, de la comprensión, del saber compartir sentimientos, experiencias, lecturas, escritos; los bienes y las heridas de la vida. Es amiga, ya lo dije, del autor de La Ilíada y de La Odisea, y de muchos otros seres relevantes. Es mi amiga-hermana; nos escogimos un día de casualidades afortunadas, en la Plaza del Obradoiro. No hizo falta que nadie nos presentase. Supimos en el mismo instante que se cruzaron nuestras miradas que, para siempre, compartiríamos un viaje mágico.

La Literatura es una extraña máquina de coser palabras tratando de conseguir un bordado bello, lúcido, alegre o triste, como nuestro discurrir. Unir a Homero con una vaca gallega justifican un oficio que permite contar una y otra vez, como el tejer y destejer de Penélope, como las narraciones de Sherezade, como el decir eterno y callado de un gallego, como la noche sucede al día. Nélida es una gran señora y, también, una reconocida y universal literata, en la que afortunadamente pervive una niña sabia que, mientras lee, sueña con un mito: una vaca marela en cuya mirada de siglos se reflejen también los azules ojos del abuelo Daniel. En esos ojos cabe la Historia, con todos sus cuentos, la que narramos puntualmente, intentando que se produzca una catarsis.

Como un día me prometió, Nélida Piñón regresa a Galicia, es su casa. ¡Albricias! @mundiario

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