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Salman Rushdie, dos intentos de asesinato, librerías quemadas y un traductor muerto

Autor: Justo Barranco

El intento de asesinato que ha sufrido Salman Rushdie (Mumbai, 1947) en la Chautauqua Institution de Nueva York será con suerte sólo uno más de los ataques que ha vivido el escritor desde que en 1988 publicara su cuarta novela, Los versos satánicos, y se desatara una controversia que llevó al año siguiente al ayatolá Jomeini, líder espiritual de Irán y cabeza de su revolución, a proclamar una fatua contra la vida del escritor.

Una fatua anunciada el 14 de febrero de 1989, día que Rushdie estaba en el funeral de su amigo Bruce Chatwin, que llevó a grandes manifestaciones que pedían la muerte del narrador indio -que desde el cambio de milenio vive en EE.UU.- y que ha provocado, además de librerías quemadas, un atentado fallido en el que la bomba le estalló al atacante mientras la preparaba y voló dos plantas de un hotel en Londres y muertes como la del traductor de la novela al japonés, Hitoshi Igarashi, asesinado en 1991, mientras que el traductor al italiano, Ettore Capriolo, fue gravemente herido ese mismo año. El editor noruego William Nygaard fue tiroteado en 1993, año en el que Rushdie, siempre escondido, hará una sorprendente aparición en el concierto de U2 en Wembley invitado por Bono.

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El ayatolá Jomeini 

Terceros

¿Cuál es la causa de que Jomeini proclamara el libro blasfemo? Los libros anteriores de Rushdie ya habían provocado polémicas, y también sus declaraciones izquierdistas, que incluyeron atacar a EE.UU. por su actuación en Nicaragua. Hijos de la medianoche (1981), uno de sus mayores logros, que narra el paso de la India colonial a la independencia y la posterior separación de Bengala -hoy Pakistán y Bangladesh-, ya causó el enfado de Indira Gandhi, y la siguiente, Vergüenza (1983), es una suerte de novela en clave sobre el poder político pakistaní de la época. Pero fueron Los versos satánicos los que le cambiaron la vida. En la novela aborda con realismo mágico -supervivencia a la explosión de un avión incluida- las vidas de dos emigrados indios a Reino Unido, él mismo instalado en ese país desde que estudió Historia en el King’s College de Cambridge.

El título de la novela, en la que se aborda también la vida del profeta Mahoma, despertó ira: se refiere a una leyenda sobre Mahoma según la cual algunos versos del Corán no le habrían sido inspirados por Alá sino por el diablo, unos versos que permitían rezar a tres diosas paganas de La Meca, una violación del monoteísmo. Para el mundo musulmán, esa historia era una invención herética y Rushdie atacaba directamente al Corán, utilizando de manera insultante la libertad de expresión.

El escritor angloindio Salman Rushdie, fotografiado en la sede de Casa Àsia, en Barcelona

El escritor angloindio Salman Rushdie, fotografiado en la sede de Casa Àsia, en Barcelona

Propias

El resultado fue que inmediatamente comenzaron a producirse manifestaciones -7.000 musulmanes en Bolton, Reino Unido, en 1988-, el libro a prohibirse en numerosos países -Bangladesh, Sudán, Sudáfrica, Sri Lanka, Kenia, Tanzania, Indonesia, Tailandia… siendo la última en prohibirlo Venezuela en 1989- y a multiplicarse los ataques a librerías y las quemas de libros.

En Bradford, Reino Unido, como buena prueba de que el affaire dividió profundamente la sociedad occidental y al mundo islámico bajo la delicada falla de la libertad de expresión, manifestantes islámicos organizaron una quema pública de ejemplares, y hubo ataques con bombas incendiarias a numerosas librerías del país. Y los muertos comenzaron pronto: seis manifestantes murieron en Islamabad, Pakistán, en 1989, en una protesta contra el Centro Cultural Americano. Ocurrió sólo dos días antes de la fatua de Jomeini, que proclamó: “Somos de Alá y a Alá debemos retornar. Anuncio a todos los musulmanes valientes del mundo que el autor de Los versos satánicos, un texto escrito, editado y publicado contra el Islam, el Profeta del Islam y el Corán, junto a los editores conscientes de sus contenidos son condenados a muerte”.

Durante sus nueve años escondido Rushdie utilizó el seudónimo Joseph Anton, Joseph por Conrad y Anton por Chéjov

El gobierno iraní ofreció tres millones de dólares por su cabeza y eso obligó al Reino Unido a protegerle policialmente y a acabar rompiendo relaciones diplomáticas con Irán, que sólo se restablecerían con Mohamed Jatami cuando su gobierno aseguró que no buscarían ya la muerte del escritor indio y Rushdie pudo volver a salir a la luz tras nueve años y dejar de llamarse Joseph Anton, Joseph por Conrad y Anton por Chéjov.

El escritor Salman Rushdie, atendido en el suelo poco después de ser apuñalado

El escritor Salman Rushdie, atendido en el suelo poco después de ser apuñalado

Afp/Ap

Todo podía haber ido de otra manera porque tras la fatua de Jomeini el entonces presidente de Irán, Ali Jamenei, hoy líder espiritual del país, sugirió que si Rushdie se retractaba podrían perdonarle. Y Rushdie publicó un comunicado en el que reconocía que “musulmanes de muchas partes del mundo están genuinamente molestos por la publicación de mi novela. Lamento profundamente la angustia que mi publicación ha provocado a los seguidores sinceros del Islam. Viviendo como vivimos en un mundo de muchas fes, esta experiencia nos ha servido para recordarnos que todos debemos ser conscientes de la sensibilidades de los demás”.

Pero la disculpa no tuvo ningún efecto. Y de hecho tras el gobierno del aperturista Jatami en 2006 la agencia oficial iraní señaló que la fatua seguía vigente y el propio Rushdie ha explicado que cada 14 de febrero recibe “una especie de tarjeta de San Valentín” de Irán recordándoselo.

En los primeros meses tras la fatua Rushdie y su entonces esposa, Marianne Wiggins, se tuvieron que trasladar 56 veces de domicilio, una vez cada tres días. La pareja duró poco y el propio Rushdie hizo una declaración de fe islámica a finales de 1990, pidiendo a su editor que no publicara el libro en bolsillo ni permitiera su traducción. Resultó inútil y más tarde el escritor hoy gravemente herido admitió que se equivocó al intentar apaciguar a los fundamentalistas por representar “un proyecto tiránico e irracional que intenta congelar una cierta visión de la cultura islámica en el tiempo y silenciar las voces progresistas del mundo musulmán” y apuntó que, ahora que habían sucedido los atentados del 11-S, “mucha gente puede decir, en retrospectiva, que la fatua fue el prólogo y éste es el suceso central”.

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