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“Es muy necesario que se separe el Estado de las religiones”

Autor: Administrador

Entre el frío del mármol y el calor de las velas, la musicalidad de los cantos y el rumor de la confesión, las catedrales se erigen alrededor del mundo como un reflejo de la sociedad. Son un espejo de la historia, tanto en lo ideológico como en lo arquitectónico o artístico. Pero, ante todo, son claro ejemplo de que la vida se fundamenta en la búsqueda de una verdad que, a veces, no se alcanza, bien por complejidad o por miedo a conocerla. Ese vértigo al cambio que atenuamos a partir de creencias intangibles es el que la argentina Claudia Piñeiro retrata en su nueva novela “Catedrales” (Alfaguara). El argumento arranca 30 años después de la aparición del cadáver de Ana. Su familia, que aún desconoce quién la mató y por qué, ha rehecho su vida: “Una de sus hermanas se va a vivir a Santiago de Compostela definiéndose como atea, y otra se queda en Argentina, cada vez más fanática y católica, mientras que el padre continúa investigando lo que ocurrió”, explica la autora. Así, la novela expone, a través de las voces de numerosos personajes, reflexiones que van más allá de un crimen, abarcando desde el fanatismo religioso hasta los lazos familiares, pasando con zancada firme por la presión social que se ejerce sobre la mujer en pleno siglo XXI.

-¿Cómo definiría “Catedrales”?

-Es un policial familiar, porque me interesan esas personas que están atravesadas por un crimen. En cuanto al título, se refiere al hijo de la hermana que se queda en Argentina, que emprende, junto al padre de la asesinada, un viaje por distintas catedrales del mundo. Aunque el joven es estudiante de arquitectura, el objetivo real del abuelo es que su nieto se reúna con la que vive en España y se prepare para cuando sepa la verdad sobre la muerte de Ana.

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-Respecto a la religión, ¿qué pretende reflejar?

-Que a veces las religiones se meten demasiado en cuestiones que tienen que ver con lo social o los derechos de las personas. Si eres devoto, seguramente tengas que seguir sus preceptos, pero no se deben imponer a otras personas que no son sus feligreses. Esto lo hemos visto mucho en Argentina en la discusión de la ley del aborto, porque, por ejemplo, había grupos de católicos que iban a los hospitales a impedir que una niña de 11 años violada recibiera una interrupción del embarazo que era ya legal.

-¿Es importante separar ideología de estos problemas?

-Es muy necesario que se separe el Estado de las religiones. En Argentina la Iglesia aún tiene mucha preponderancia en el Gobierno, al igual que otros países de Latinoamérica. Además, teniendo un Papa argentino, esto se vuelve más fuerte. Y tiene sus ventajas y sus desventajas: quienes son católicos se sienten orgullosos y representados, pero las decisiones que se toman parece que siempre deben tener un aval del Vaticano.

-La ley del aborto, ¿ha sido un paso hacia esa separación?

-Eso lo hizo Alberto Fernández, el presidente, quien, además de ser católico y tener muy buena relación con el Papa, se atrevió a proponerlo. Fue fundamental para que se consolidara una lucha que los movimientos feministas y la Campaña por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito vienen haciendo desde hace años.

-¿Qué papel juega la literatura en esa lucha?

-En mis novelas siempre ha estado presente el tema del aborto y del lugar de la mujer en el mundo. Pero en “Catedrales” no lo incluyo porque haya ocurrido esto en Argentina, sino porque me obsesiona como otros tantos temas, como la hipocresía o el encierro. Es decir, al momento de escribir literatura, yo no estoy pensando en el activismo, pero sí en lo que me interesa.

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-¿Qué otras reflexiones propone en la novela?

-Que la verdad no hubiera aparecido si cada una de sus voces no asumiera la pequeña cuota de responsabilidad que les pertenece. Pero también reflejo que, a veces, cuando alguien llega al borde de la verdad, se queda ahí porque sabe que no podría resistir al dar el paso definitivo.

-En los casos de violencia contra una mujer, ¿se debería cruzar ese borde?

-Personalmente pienso es. Es verdad que, para un hijo, saber que su padre le ha hecho algo terrible a su madre, es una verdad difícil de transitar. No digo que no haya que decirlas, sino que no hay que preparar la posibilidad de conocer esa verdad con el menor daño posible.

-Fanatismo, violencia, lazos familiares rotos… ¿Es una novela sobre prejuicios?

-Esa puede ser una buena síntesis. Una vez me dijeron que era “un libro que trabaja para destruir los absolutos”, y también tiene algo de eso. A veces, en la familia hay gente que lastima, mata o daña, aunque sea difícil de asumir. Y en la religión pasa lo mismo. Una cosa es lo que uno puede creer y otra lo que los hombres quieren que creas. Y digo hombres, porque son quienes tienen el poder. A lo largo de la historia, ellos han determinado cómo debemos interpretar las cosas y cómo debemos vivir la vida.

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