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Gustavo Petro logró lo imposible; ahora viene lo difícil

Autor: Daniela Pacheco

Por primera vez en su historia, con una elección cargada de hitos, Colombia eligió un presidente de izquierda: Gustavo Petro Urrego, quien asumirá su cargo como primer mandatario el próximo 7 de agosto, junto a su fórmula vicepresidencial, Francia Márquez, la primera mujer vicepresidenta negra del país, víctima del conflicto armado y activista por los derechos humanos.

Con 11.2 millones de votos y la mayor participación registrada en una elección, el binomio del Pacto Histórico se hizo con el 50.44% de la votación en un país tradicionalmente conservador, representando la voz de “las y los nadie”, de las y los excluidos que se negaron a seguir gobernados por las élites de siempre que tienen al país sumido en una incesante ola de pobreza y violencia.

El rechazo al sistema político tradicional venció el miedo sembrado por su origen de izquierda —y otros mitos alrededor de su figura como los fantasmas de la expropiación y la reelección—, aunque el mapa colombiano se siga viendo dividido: las costas y la ruralidad, más progresista, y el centro del país, con excepción de la capital Bogotá, más conservador.

Luego de una campaña álgida, agresiva y altamente polarizante, su discurso de triunfo fue un insistente llamado a la paz, a la justicia social, a la reconciliación, a dejar atrás los odios y los sectarismos, y a construir un “gran acuerdo nacional”, en los que la oposición será bienvenida durante los próximos cuatro años de su mandato y en los que aseguró no emprenderá ninguna persecución política.

La reconstrucción del tejido social y la construcción de un nuevo país que supere una economía basada únicamente en la lógica extractivista, que luche decididamente contra la pobreza y la corrupción, y que financie la ampliación del gasto social, no serán tareas fáciles y requerirán de un máximo de negociación y concertación con otras fuerzas políticas más cercanas a su proyecto político. Aunque cuenta con una bancada sólida de mayoría simple, con 40% del senado a su favor, tendrá que convencer a otros grupos de sumarse para llevar a cabo sus grandes reformas; capacidad que ya demostró durante su campaña presidencial.

Petro nos llenó de muchísima esperanza y se echó a cuestas también otra gran responsabilidad y un pendiente desde el fallido Plebiscito por la Paz emprendido por el expresidente Juan Manuel Santos: darle continuidad a la implementación del postergado Acuerdo de Paz con la guerrilla de las FARC, tan manoseado y golpeado por el actual presidente Iván Duque, y de concretar la posibilidad de alcanzar uno nuevo con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), que recientemente manifestó su apertura a un diálogo con el gobierno electo.

Por su parte, su triunfo también dejó a la oposición a la deriva, desarmada y huérfana, y Rodolfo Hernández, su contendor en esta elección, no es ni de cerca alguien con un liderazgo suficientemente aglutinador, situación que podría ser de algún modo provechosa para afianzar su legitimidad.

Los retos para Gustavo Petro también incluyen insertar a Colombia en un concierto regional protagonizado por una segunda ola progresista y más allá de la complacencia a los Estados Unidos, con quien seguirá existiendo una relación cordial, pero que buscará tender a una posición “más igualitaria”. Si bien Petro ha dejado claros sus desacuerdos con muchas de las políticas del presidente Nicolás Maduro, ha mostrado su disposición a recuperar la relación con un país vecino con quien comparte el fenómeno de la migración, tan mal atendido por el actual gobierno colombiano.

Gustavo Petro no sólo tiene la responsabilidad de llevar a buen término su programa de gobierno en los aspectos normalmente deseados como el empleo, la seguridad, el crecimiento económico, la relación con las Fuerzas Militares, sino de dejarle abierta la puerta a la izquierda, una vez que termine su período, misma que las fuerzas tradicionales lucharán por cerrarle nuevamente por largo tiempo. Después de 200 años de una historia permanente de violencia y exclusión, cuatro años no serán suficientes para sanar heridas tan profundas.

Daniela Pacheco

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