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¿Cómo pudieron hacerlo? Las terribles historias de madres que mataron a sus hijos y por qué leerlas

Autor: anonimo

Un caso real. Samantha Ford mató a sus dos bebés en Inglaterra en 2018. (Foto: Twitter)

Un caso real. Samantha Ford mató a sus dos bebés en Inglaterra en 2018. (Foto: Twitter)

Casos. Las mujeres que matan a sus hijos son eso: casos. Lo son en los libros que los narran, en las noticias, en nuestro imaginario.

Prueben. Digan: estoy leyendo un libro sobre el caso de una madre que mató a una nena y un varón, mellizo.

Caras de estupor.

Digan, entonces: Pero la historia se entrelaza con la de la narradora, que está embarazada, tiene a su bebé y se hace preguntas en torno a la maternidad. Además, no puedo parar.

Cara de alivio, comprensión, intriga.

Sigan: Esa madre, la narradora, se obsesiona con el caso de la que madre infanticida. Tanto, que emprende una investigación y decide escribir un libro sobre el tema.

Cara de fastidio, o vuelta al estupor.

Pero tal vez ella no lo haya hecho.

Otra vez, alivio.

¿El tema, entonces, son las maternidades complejas? ¿No toda maternidad lo es? Claro que mujeres que matan a sus hijos son minoría absoluta. Son, por eso, casos.

“Las madres no”. De katixa agirre

De entrelazar los dos temas vinculados (maternidades complicadas, madres infanticidas) se ocupa la escritora vasca katixa agirre (así firma, con minúscula) en su libro Las madres no (Tránsito, 2022), reciente desembarco inaugural en Argentina. El libro salió en octubre de 2018 en lengua vasca: Amek ez dute, y un año después, en castellano en España, traducido por la autora. Luego de dos volúmenes de cuentos y de diversos títulos de literatura infantil y juvenil, agirre obtuvo el premio 111 Academia por su primera novela, Los turistas desganados (Pre-Textos, 2017).

¿Las madres no qué? O: ¿qué madres no?

Hay una tercera categoría que el libro aborda: la de las escritoras que abandonaron a su prole, como Doris Lessing o Sylvia Plath, que no pudieron compatibilizar la escritura con la crianza, pero sí fueron madres, entre otras tantas que eligieron no procrear.

En la novela, la maternidad ubica a la narradora en el lugar de la pregunta. Su obsesión con el caso de Alice/Jade, la mujer que mató a su bebé y su beba gemela ahogándoles en la bañera, aparece como un hecho inexplicable, pero también como objeto tentador de investigación para el libro, y como motor para cuestionar: ¿Ser madre es una cárcel? ¿Por qué las infancias están tan desprotegidas? ¿Es porque es “fácil” matar a alguien tan pequeño?

katixa agirre. Una autora y un tema doloroso. (Foto cortesía Tránsito)

katixa agirre. Una autora y un tema doloroso. (Foto cortesía Tránsito)

Las madres no es un thriller que hibrida con ensayo y no ficción, donde no se trata de averiguar el quién sino el por qué o el cómo, en el sentido de “¿cómo pudo hacerlo?” Cómo concebir tal oxímoron, tal contradicción.

De ahí, el interés. La cara de: podría llegar a leerlo. Sigan por favor.

Ha dicho aguirre en una entrevista al diario El País de España para responder si la historia está basada en hechos reales (en la ficción, la madre asesina es una amiga de la adolescencia de la amiga de la narradora):

“Digamos que en la base de esta historia está una experiencia personal, pero que una vez que entra una gota de ficción en ella, todo cambia y mi yo se disuelve.”

Y cuestiona: “Al estigma de la enfermedad mental que aún impera se impone el mito de la madre que llega a la plenitud cuando ha parido, y si ha cumplido su máximo aspiración, ¿cómo va a deprimirse?”

Sobre las condiciones de lectura y de escritura de semejante asunto, la narradora se pregunta: “¿Y si nunca acababa el libro? ¿Alguien querría leer algo así, de todas formas?”

Las maternidades complejas son una temática cultivada en los últimos tiempos, a partir de los cuestionamientos sobre una idealización de la figura materna que aún persiste. En cambio, los casos de madres infanticidas en la literatura parecen asomar tímidamente, al menos en la Argentina. El siguiente recorte no es exhaustivo, pero muestra cómo se cuela de modos diversos, desde la ficción y desde la no ficción, y cómo las autoras mencionadas los convierten en relatos más que digeribles: apetecibles.

La primera, entonces, es una autora vasca que con su novela traducida por ella entra en el mercado argentino como primer título de una editorial que llega desde España.

La segunda es una escritora argentina radicada en Francia, Laura Alcoba (autora de la trilogía que inaugura La casa de los conejos). Alcoba acaba de editar Par la forêt (A través del bosque), (Gallimard, 2022), que será publicada en Alfaguara en 2023 con traducción de Eduardo Berti. La novela cuenta la historia de una mujer, Griselda, quien también ahogó en la bañera a sus dos hijos de tres y cuatro años en 1984, en París. Solo que, en este caso, una hija (Flavia) sobrevivió y pudo contarlo.

Par la forêt. El libro de Laura Alcoba, por ahora en francés.

Par la forêt. El libro de Laura Alcoba, por ahora en francés.

Alcoba da una vuelta de tuerca: aquí no se trata de interpretar, ni siquiera de buscar el por qué, sino de convivir con la historia que se decide contar, en palabras de la autora: “algo que sobrevive al espanto”.

“Lo imposible es posible: una madre que ahogó a sus hijos fue y será una madre amorosa. Este es el poder de la obra de Laura Alcoba: abrir huecos, escribir y callar, contar lo indecible. Treinta años después, los supervivientes relatan lo que no fue ni un accidente, ni un drama, ni una tragedia”, destacó la escritora Marie Cosnay en el portal cultural AOC.

La tercera es una historia imaginada por Laura Santos, escritora mexicana radicada en Buenos Aires, en Una cabecita que rebota (editado por Bocaspintadas este 2022). Ya en el primer capítulo la protagonista de la novela, Silvia Maldonado, se desnuda frente al espejo: “Yo la maté, repetía. No fue su padre ni su abuelo. Yo la maté”. Y concluye: “Esta historia comienza así, con una cabecita que rebota”.

Una cabecita que rebota.

Una cabecita que rebota.

Un comienzo que podría ser un final si no fuera porque la trama se teje en torno al personaje de Silvia Maldonado, esposa e hija de capos narco, en un entorno donde el asesinato desde el poder está a la orden del día.

Escribe la autora: “La historia se desarrolla en una ciudad mexicana asolada por el narcotráfico. Ahí la violencia es parte de todo, se ha metido en las alacenas de las familias y en los rezos de las madres, que piden por la seguridad de sus hijas, porque desde hace varios años se registra una desaparición sistemática de niñas pobres”.

Perla, su hija, está destinada a brillar, a diferenciarse de su madre gorda. Pero Silvia sabe que no va a poder escapar del karma de la gordura, en un ámbito donde la belleza hegemónica es norma y ley. Por eso, para que la nena no sufra lo que ella sufrió, la mata. Su contacto con otras mujeres y el vínculo de maltrato por parte de su marido, Calvin, la llevan a ambicionar el poder del que siempre se la ha dejado al margen.

Laura Santos. La escritora mexicana vive en Buenos Aires. (Foto Daniel Jayo)

Laura Santos. La escritora mexicana vive en Buenos Aires. (Foto Daniel Jayo)

La idea de que no sufran lo que yo sufrí, o que no sufran más, aparece también en Hot Sur (Planeta, 2013), de la colombiana Laura Restrepo, en el caso de Mandra X, una mujer de clase alta que mató a sus trillizos, y comparte la prisión con la protagonista de la novela, María Paz, inmigrante latina en Estados Unidos, condenada por la muerte de su marido, un policía blanco.

Sobre el caso de la madre infanticida, se lee en Hot Sur: “Mandra X, verdadero nombre Magdalena Krueger, cumplía cadena perpetua en Manninpox y era en efecto de origen alemán… Como le sucedió a Cristo, de sus primeros treinta años de vida no se supo nada, hasta que hizo su aparición en la historia al entregarse a las autoridades de Idaho tras asesinar a sangre fría a sus tres hijos… Un atenuante la había salvado de la pena capital: según el expediente, las víctimas, sus hijos trillizos, padecían una conjunción apabullante de malformaciones de nacimiento, como ceguera, sordera y retraso mental. La mujer se consagró a ellos hasta que cumplieron los trece años de edad, y en ese momento tomó la decisión de eliminarlos con sobredosis de narcóticos. A los tres el mismo día, todos al tiempo, tomando las precauciones necesarias para que no sufrieran ni se percataran de lo que estaba ocurriendo. Simplemente los dormí, los dormí para siempre, declaró después ante la prensa, con una serenidad que algún reportero calificó de pasmosa”.

La colombiana Laura Restrepo y su libro

La colombiana Laura Restrepo y su libro “Hot sur”.

“El año en que los niños cumplían los doce, a ella le diagnosticaron cáncer de vejiga. Se curó con un tratamiento intensivo pero quedó obsesionada con la idea de reincidir. Ante todo no quería morir dejándolos solos.”

Otra de las internas en el penal, Bolivia, habla de su madre, en ese cruce de las maternidades complicadas: “No era que para nosotros, los niños, mi madre no hubiera estado siempre presente, sí que lo estaba, pero no como persona sino como miedo, como sombra.”

[“Las madres no” puede adquirirse, como libro electrónico, en Bajalibros, clickeando acá.]

Detrás de estos casos está Medea, la figura mitológica, la antiheroína griega que, en la tragedia de Eurípides (siglo V a.C), mata a sus dos varones mellizos. Googleen “Medea”: en todas partes la justificación del crimen es un acto de venganza contra su marido, Jasón, por irse con otra, princesa y futura reina. Los adjetivos: horrendo, abominable, espeluznante. Otra vez, cara con estupor. Aunque no dejamos de mirarla.

Medea, de la escritora alemana Christa Wolf (1929-2011) da vuelta el espejo. El libro fue publicado por primera vez en 1984, y su vigencia es absoluta.

“Medea”. La versión de Christa Wolf.

“De todas las mujeres siniestras, seductoras y transgresoras que alimentan el imaginario occidental, ninguna goza de una reputación más espeluznante que Medea”, escribió Wolf.

A través de un relato coral, compuesto por una serie de monólogos de distintos personajes, la autora bucea en el antiguo mito de Medea. La exiliada por amor, la desterrada por odio, resulta el chivo expiatorio de todo un pueblo; ella encarna la maldad absoluta, la mujer asesina capaz de matar “a su sangre”, es también la culpable de la peste que azota a Corintia. En el mito original, su furia se descarga sobre Glauce, la hija del rey Creonte, quien la entrega en matrimonio a Jasón, marido y padre de los hijos de Medea, y responsable de su exilio. Christa Wolf mira detrás del espejo para invertir la imagen de Medea, la hechicera, la inmigrante, la extranjera, y reponer su voz.

La figura de la madre infanticida se resignifica en la crónica un caso cercano y real enLa historia de Romina Tejerina de la cronista argentina Leila Guerriero, en la reedición ampliada de su libro Frutos extraños (Alfaguara, 2021): la joven jujeña que el 10 de junio de 2005 fue condenada a 14 años de prisión por homicidio agravado por el vínculo.

Escribe Guerriero: “Entró, cerró la puerta, se sentó en el inodoro, parió una niña, la puso en una caja y, cuando se le cruzó la cara de su violador, con un cuchillo le dio no se sabe cuántas puñaladas.”

“Frutos extraños”. El libro de Leila Guerriero.

“Milagros Socorro Tejerina murió el 25 de febrero. Romina Tejerina permaneció dos semanas en el hospital y fue trasladada a una comisaría de San Pedro. A mediados de abril la llevaron a la Unidad Número 3, donde estuvo los últimos cinco años.”

Cuenta Romina:

“Acá, a las que están presas por matar a sus hijos les dicen ‘guasa’. ‘Asesina’, ‘comeniños’, me decían. Me habían puesto en el pabellón de las madres para ver cómo yo me relacionaba con los chicos. Y las madres me miraban raro. No me querían dejar con los chiquitos. Yo les decía ‘no soy un monstruo, no soy mataniños’. Yo hice lo que hice porque me pasaron muchas cosas. Pero no porque hice eso ahora voy a matar a todos los niños que encuentre.”

Además del reportaje a Tejerina en la cárcel, la crónica incluye entrevistas a sus familiares, y ofrece datos que permiten contextualizar el caso en Jujuy, “una provincia con el 74% por encima de la media nacional en el rubro de delitos contra la integridad sexual y que tiene la mayor tasa de mortalidad materna del país: 16 por mil”, la mayoría debida a abortos mal practicados (estos datos son previos a la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo).

Escribe Guerriero:

“Hasta 1994, el infanticidio estaba previsto en el artículo 81, inciso 2 del Código Penal, que atenuaba la pena a la mujer que asesinaba a su hijo dentro de los 40 días posteriores al parto, considerando los delitos sexuales contra las mujeres como una mácula en el honor de sus esposos. Por reclamo de varias legisladoras el artículo fue abolido… el delito se tipificó como homicidio calificado por el vínculo, la condena trepó de tres años a cadena perpetua y Romina Anahí Tejerina está donde está –o estuvo donde estuvo–, entre otras cosas, por eso: porque lo que hizo lo hizo después de 1994.”

El domingo 24 de junio de 2012 (el día en que cumplía 29 años), Romina fue liberada tras haber estado 9 años en prisión. Organizaciones feministas, organismos de derechos humanos, de la cultura y periodistas hicieron fuerza para su liberación.

Su violador no fue condenado.

El caso Tejerina es abordado también en la introducción del libro Malas madres. Aborto e infanticidio en perspectiva histórica: fines del siglo XIX, principios del siglo XX (Didot, 2018), de la historiadora argentina Julieta Di Corleto. Aunque el análisis se centra en el pasado y mayormente, en la ciudad de Buenos Aires, en la evolución de los enfoques sobre la delincuencia femenina en la criminología y la historiografía argentina.

“Malas madres”.Una investigación que apunta a la sociedad.

Así, aborto e infanticidio se entrelazan en la criminalización de las maternidades no deseadas y obligadas, en base a una rigurosa investigación histórica que evidencia cómo la mujer trabajadora, que se salía de su exclusivo rol materno, era señalada: “Junto con la prostitución, las mujeres que trabajaban fueron vinculadas a la delincuencia femenina. Aunque con diferente intensidad, ambas figuras ponían en crisis los valores tradicionales asociados al rol de la mujer en la sociedad”.

La historiadora destaca que el abandono de hijos no era un hecho punible, que el aborto era practicado por mujeres de distintas capas sociales, pero que muchas mujeres de los sectores populares “buscaron por diferentes medios evitar una maternidad que no solo las llevaría a perder el empleo, sino que también, al igual que su descendencia, las convertiría en indignas”. En ese marco, “abortos e infanticidios podrían ser concebidos como prácticas sociales de adaptación en una sociedad que, aunque con valores cambiantes, mantenía estándares muy rígidos y muy exigentes sobre la maternidad bien entendida”. Las “buenas madres” son las que cumplen esos estándares incumplibles, en el pasado y en la actualidad.

Ficción, no ficción, casos. Los distintos abordajes permiten acercarse a estas historias con menos estupor. En definitiva, se trata de historias que, de algún modo, nos tocan. Todas las personas venimos de una mamá. Y, como señala Laura Santos en las notas finales de Una cabecita que rebota: en México, la mayor cantidad de muertes violentas se da en niñas y adolescentes. A la mayoría de ellas, no las matan sus madres.

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