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Eligen los libreros: Cinco recomedaciones de Nurit Kasztelan de Librería Mi casa

Autor: Palabras

“A la organización no se le opone la desorganización sino una forma nueva”. Esta frase de La pasión según G.H de Clarice Lispector fue la que impulsó a la economista Nurit Kasztelan a jugársela y armar una librería en su casa. Lejos iba a quedar su trabajo en un organismo estatal para darle inicio (o forma) a su gran pasión: la literatura. La idea de armar un espacio dentro de su hogar le cerraba tanto a nivel práctico (podría hacer otras actividades desde allí) como económico (no tenía que pagar el alquiler de un sitio específico para la venta de libros). Así nació Librería Mi casa hace ya casi once años.

“Ser librero es pertenecer a un género extraño: esa pasión por revisar y encontrar la joyita, el libro perdido, el recibir las novedades, los títulos esperados, el recomendar lo que leíste y te partió la cabeza y que vuelvan a la librería y te digan: ‘A mí también me pasó eso’. El fetichismo. El mío es tan alto que no sólo vendo libros, sino también los edito (codirijo la Editorial Excursiones de ensayo latinoamericano contemporáneo) y los publico (publiqué tres libros de poesía)”, cuenta entusiasmada desde su casa en Villa Crespo.

Como la librería se especializa en poesía, el género es uno de los más vendidos. No obstante, “han pedido mucho Una guía sobre el arte de perderse, de Rebecca Solnit; Todos los cuadros que tiré de Cecilia Pavón; La obligación de ser genial de Betina González; Hwaiting, Palabras intraducibles de la lengua coreana de editorial Hwarang y La ceguera del poema de Mario Montalbetti”.

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Le pedimos que recomiende 5 libros para los lectores de Palabras.

Mi madre ríe, de Chantal Akerman

“Es un libro muy conmovedor y triste. Muestra el deterioro de la madre de la autora (es una autoficción) y las contradicciones que le genera a la escritora atravesarlo y acompañarla por el vínculo tóxico que tiene con ella. Pero a pesar de todo, prima el amor. Es simultáneamente una elegía y una autobiografía, un homenaje y una descripción nítida de las desventuras amorosas de Chantal Akerman, de su incomodidad frente al mundo y del proceso difícil de una enfermedad. La yapa son las fotos hermosas que acompañan la edición”.

Teoría de la gravedad, de Leila Guerriero.

“Si bien suelo exagerar podría afirmar que Teoría de la gravedad es uno de los libros más interesantes que leí en los últimos tiempos. Y eso que en la pandemia la cantidad de libros leídos creció escalonadamente. Son crónicas breves que escribió para el diario El país, que funcionan como una especie de antena, como si escribiera dentro de una caja de resonancia sobre lo que sea: su infancia en Junín, su familia, su adolescencia en los ‘80 en Buenos Aires, su cotidianidad, su pareja. Tal vez, como en Revelación de un mundo de Clarice Lispector, la urgencia de la entrega le sirve para sus asociaciones rápidas y para la fluidez en las formas narrativas. Leila cita a otros para sentirse acompañada, pero hay algo irreductible en esa soledad que sólo los años apaciguan. Es ella misma la que se transfigura en el proceso. Cuando un libro te pega hondo, es muy difícil decir algo certero sobre él. Solo sé que quisiera que Leila Guerriero estuviera al lado mío todas las noches y me leyera una de estas crónicas antes de dormir. Solo sé que después de leer este libro, algo les va a pasar, y que por favor confíen en eso y vayan y léanlo, y después lo hablamos”.

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Insomnio, de Marina Benjamin.

“Este libro tiene uno de los mejores comienzos que leí: “A veces escuchás un zumbido. O una corriente espectral de aire te para los pelos de la nuca y te enfría la piel; o algo sube liviano como una pluma por la cara interna de tu antebrazo.” Casi una especie de poema que funciona como clave de lectura de lo que será después el libro. No es un ensayo típico, sino que lo personal se entremezcla con la investigación sobre el insomnio. Y para hablar de eso, Marina Benjamin usa poemas, frases de libros, su propia autobiografía, psicoanálisis, ciencia. Ella se apropia de ese estado de no poder dormir y lo transforma en otra cosa, en un mundo lúdico lleno de revelaciones que hacen que el mundo de la vigilia sea tan luminoso que uno se pregunta si vale realmente la pena abandonar esa duermevela del insomnio”.

Memorias inventadas, de Manoel de Barros.

“Uno siempre aplaude que una editorial de poesía tome riesgos. Que se anime a traducir a poetas no tan conocidos y que apueste a un público lector que los descubra. En este caso, la editorial Griselda García ya había traducido a una de mis poetas preferidas, Adelia Prado, y ahora me sorprendió por la calidad de la traducción y por hacerme descubrir a Manoel de Barros, un poeta de Mato Grosso que nunca había escuchado ni nombrar. Una poesía que, a pesar de ser narrativa, está tirada del hilo de la musicalidad de las palabras, con un lenguaje de monte, de Mato Grosso, con un equilibro justo en el uso de las repeticiones y también reflexiones sobre la propia escritura que se asemejan a Diario del fumigador de guardia de Arnaldo Calveyra. Cito un verso al azar: ‘Valoro a los insectos más que a los aviones / Valoro la velocidad / de las tortugas más que de los misiles’”.

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Del modo de dirigirse a las nubes y otros poemas, de Wallace Stevens.

“Si bien Wallace Stevens es ineludible, no es un poeta fácil. Un poco como pasa al leer a Alberto Girri (su primer difusor acá en Argentina) es refractario a las lecturas de pie de un tirón. Sus versos son complejos y elaborados y por eso, así de abismales y maravillosos. Algunos quedan flotando en los ojos de los lectores como ‘Soy lo que me rodea’ o ‘Así es como el viento cambia’:  como un humano, pesado y pesado, / al que no le importa. Y es que esa mezcla de lo descriptivo con una forma particular de ver el mundo alejada de la poesía confesional lo que nos deslumbra. Una poesía que parte desde el pensamiento y las ideas”.

Podés encontrar Librería Mi casa en Instagram: https://www.instagram.com/libreria.micasa/ o visitar su sitio web www.libreriamicasa.com.ar

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