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Pessoa, estoico

Autor: Gil Games

Gil terminaba la semana leyendo un breve texto de Pessoa recuperado hace poco tiempo: La educación del estoico (Acantilado, 2005). De ese baúl llega hasta la posteridad, desde un misterioso cuaderno de tapas negras atribuido a un falso barón de Teive, un estudio de la razón y sus armas para erradicar el dolor. Aquí vamos.

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Pertenezco a una generación –suponiendo que esa generación sea más personas que yo– que ha perdido por igual la fe en los dioses de las religiones antiguas y la fe en los dioses de las religiones modernas. No puedo aceptar a Jehová, ni a la humanidad. Cristo y el progreso son para mí mitos del mismo mundo. No creo en la virgen María ni en la electricidad.

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Siempre he sido un milimetrista del pensamiento, escrupuloso en el lenguaje que utilizaba y en la disposición del pensamiento que tenía que exponer.

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Aparto la pena sin apartarla y veo, por la ventana abierta al campo nocturno, la luz de la luna alta y redonda que da al aire un nuevo aspecto. Cuántas veces una vista como ésta me acompaña en meditaciones sin fin, en sueños sin propósito, en vigilias sin trabajo ni discurso.

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El conflicto que nos quema el alma, Antero lo expresó mejor que ningún otro poeta, porque tenía tanto sentimiento como inteligencia. Es el conflicto entre la necesidad emotiva de la creencia y la imposibilidad intelectual de creer.

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Cualquiera que sea el secreto del misterio de las cosas, es sin duda muy complejo o, si es muy simple, es de una simplicidad tal, que no tenemos la facultad para verla. Contra la mayoría de las doctrinas filosóficas tengo la queja de que son simples; el hecho de que quieran explicar es prueba suficiente de ello, ya que explicar es simplificar.

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Lo abstracto ha sido para mí más impresionante que lo concreto. Recuerdo que de niño no tenía miedo de nadie, ni de los bichos, pero sí que tenía miedo de los cuartos oscuros […] Asimismo, al contrario del hombre corriente, siempre he tenido más miedo a la muerte que a morir.

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El escrúpulo es la muerte de la acción. Pensar en la sensibilidad ajena es estar seguro de no actuar. No hay acción, por pequeña que sea –y cuanto más importante, más cierto es esto–, que no hiera a otra alma, que no ofenda a nadie, que no contenga elementos de los que, si tenemos corazón, no nos tengamos que arrepentir. Muchas veces he pensado que la filosofía real del eremita acaso consistiera antes en evitar ser hostil, por el simple hecho de vivir, que en tener cualquier pensamiento directamente relacionado con aislarse.

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La dignidad de la inteligencia está en reconocer que es limitada y que el universo existe fuera de ella. Reconocer, con disgusto o no, que las leyes naturales no se someten a nuestros deseos, que el mundo existe independientemente de nuestra voluntad, que el hecho de estar triste nada demuestra sobre el estado moral de los astros, ni siquiera de la gente que pasa por delante de nuestras ventanas: en eso está el verdadero uso de la razón y la dignidad racional del alma.

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He comprendido la saciedad de la nada, la plenitud de ninguna cosa. Lo que me llevará al suicidio es un impulso como el que nos lleva a acostarnos pronto. Tengo un sueño íntimo de todas las intenciones. Ya nada puede cambiar mi vida. Si… si… Sí, pero es algo que nunca sucede, ¿para que suponer lo que sería si ésta fuera?

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Pongo fin a una vida que me pareció que albergaba todas las grandezas, cuando sólo vi que albergaba la incapacidad de quererlas. Si tuve certezas, siempre recuerdo que todos los locos las tuvieron mayores.

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Como todos los viernes, Gil toma la copa con amigos verdaderos. Confuso y desconcertado, Gamés no sabe si hay pandemia o endemia, o como se llame. Por estas razones de salubridad y asistencia, Gilga les recuerda que no compren del montón, compren del Monte. Así, mientras Gil sirve el líquido ambarino del Glenfiddich 15 y pone a circular por mantel no tan blanco esta frase de Pessoa: “No enseñes nada, ya que aún tienes que aprenderlo todo”.

Gil s’en va

Gil Gamés

gil.games@milenio.com

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