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Pablo nuestro

Autor: Granma.cu

Lo que muchos queríamos, lo que muchos desde tantísimo tiempo hemos sabido, se dio en la Ciudad Deportiva la noche del martes. El concierto de Pablo Milanés ante su público –«mi mejor público», según confesión propia– confirmó la plena comunión de su estatura artística y su obra con la cultura cubana, entendida esta como santo y seña de nuestro modo de ser y estar en esta tierra.

Quedaron atrás especulaciones y manipulaciones que en los días previos enturbiaron, como viene siendo mala costumbre, parte de las redes sociales y medios digitales interesados en el desajuste político y social, en manos de odiadores, francotiradores y extremistas.

Debo decir con absoluta responsabilidad que cada uno de los pasos que posibilitaron el éxito del concierto fue coordinado y consensuado por el equipo de trabajo del artista y las instituciones cubanas. El cantautor cumplió el deseo de incluir a La Habana en el itinerario de la gira Días de luz, que lo ha llevado a Estados Unidos y España en los últimos meses.

La elección inicial del Teatro Nacional –con capacidad exacta de 2 051 localidades– fue una propuesta del equipo de Pablo. El cambio de sede se acordó con total transparencia y consecuencia entre las partes involucradas. Hay que ser delirante, o hacer uso de muy mala fe, para hablar primero de intentar enajenar al artista de su público y luego, tras el cambio de sede, de una operación inducida por presiones y concesiones institucionales. Como también lo hacen ahora que, al darse de bruces con el apabullante resultado, escriben líneas enfebrecidas sobre la supuesta e irreal intervención de la que llaman, apelando a un cliché de la peor prensa, policía política del régimen.

A la Ciudad Deportiva acudieron casi 10 000 personas, de todas las edades, trovadictos y pablistas antiguos y recientes. El artista cantó lo que pensaba y le nació cantar para los suyos, lo que los suyos en gran medida querían escuchar. Un público que saludó de pie al trovador, que encendió las linternas de sus celulares para matizar el ambiente, coreó canciones enteras y aplaudió no solo al final de cada interpretación, sino en medio de unas cuantas.

A última hora desde las redes nació un reclamo: la transmisión televisiva en directo. Digámoslo por lo claro: una transmisión implica una negociación previa, una concertación y un acuerdo legal entre la representación artística, los propietarios de derechos y la televisora. La representación del artista reservó el derecho de imagen para la realización de un testimonio documental sobre la gira Días de luz. Sería bueno, una vez que se concrete, acceder a lo que será sin dudas un valioso material.

Cada espectador hizo una lectura del concierto. Aquí va la mía. El repertorio abarcó momentos esenciales de una obra inagotable. Me detengo en la palabra momentos, era imposible abarcarlos todos en una entrega generosa que se prolongó por casi dos horas.

El año pasado Pablo presentó el disco doble Antología personal, con 42 piezas. En La Habana interpretó buena parte de aquella selección que completó con otras de extraordinario relieve. Poco faltó para sumar sin reposo una treintena de interpretaciones, cifra por encima de lo que promedian los conciertos de la gira.

Desde Y ya ves, uno de los puntos de transición del filin a la nueva trova en los tempranos años 60, que ya hacían evidente la asimilación de rasgos estilísticos procedentes de la balada renacentista y barroca (siempre pienso que Pablo en una vida anterior fue un baladista inglés de los tiempos de John Dowland o un trobaudour provenzal), a Cuando tú no estás, texto de una aplastante sinceridad amatoria dedicado a su compañera Nancy Pérez, que el poeta-cantor puso ante una propuesta musical de Miguelito Núñez para el disco Flores del futuro (2016), recorrió estaciones sucesivas marcadas por la emoción, el recuerdo, el estremecimiento, el dolor, el desgarramiento, la filosofía de vida y la esperanza.

Escuchar a gente muy joven entonar de memoria las piezas de la banda sonora de la serie Algo más que soñar, o El tiempo, el implacable o Años, nos dice mejor que nada sobre la irreductible actualidad de canciones que parecen haber sido escritas a esta hora. Lo mismo sucedió con la respuesta coral a los versos del Guillén de Canción / De qué callada manera, o con el entendimiento de batallas que hay que seguir dando y en las que el arte mucho puede aportar como las de la aceptación de la diversidad sexual (Pecado original) o contra el inmovilismo y la obsecuencia (Los males del silencio).

En la presentación resolvió una aparente paradoja: cómo desde un formato instrumental llevado a la mínima expresión, alcanzar grávidas resonancias en un ámbito masivo. Se dirá, con razón, que la obra de Pablo llega, impacta y crece en cualquier entorno. Más en ello resultó clave el alto vuelo musical y pianístico de Miguelito Núñez y la cobertura todoterreno, solvencia de la chelista Cary Rosa Varona, nieta del inolvidable trompetista Jorge Varona, fundador de Irakere. 

Días de luz en La Habana fue, valga el pleonasmo, un concierto luminoso que dejó atrás dogmas, prejuicios y reduccionismos. Pablo es nuestro, tan nuestro como las palmas cantadas por Heredia, Sindo y Nicolás.

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