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Ladran luego cabalgamos

Autor: Redaccion Medica

Esta frase, atribuida falsamente por muchos a Cervantes en El Quijote y que en realidad parece tener su origen en unos versos de Goethe, podría ser aplicada fielmente a la imagen y actitud secular que proyectan nuestros políticos en relación con la sanidad española.

Sentencia que los gerifaltes del antiguo y dictatorial régimen acostumbraban a esgrimir cuando, sorteando la censura, las críticas llegaban a veces a oídos de la población. Críticas o simplemente crónicas de las incompetencias de los dirigentes que provocaban desgracias e injusticias.

De forma semejante a los personajes de los cuadros ingleses de la cacería del zorro, los que corremos y ladramos intentando llamar la atención de los jinetes acerca de los males que desde hace años amenazan nuestro sistema asistencial somos como esa jauría de perros que, al final, solamente sirven para asustar a un pobre animal perseguido por unos caballeros, elegantemente vestidos a lomos de lustrosos caballos que montan sin inmutarse por los ladridos. Aquí el protagonista imprescindible y sin el cual no tiene sentido el cuadro es el zorro, que aún no ha advertido las aviesas intenciones de sus perseguidores, aunque empieza a oír a lo lejos el alboroto de la jauría.

De entrada, nuestros caballeros políticos y sus escuderos gestores no parecen dispuestos a modificar su impavidez ante la gravedad creciente de los problemas de fondo y estructurales que padece nuestro sistema sanitario y solamente parecen proclives a cambiar algunos elementos superficiales de la decoración del escenario.

Cambios urgentes en el sistema sanitario

Nuestra sanidad lleva ya muchos años arrastrando problemas de naturaleza diversa, desde los estratégicos — que son los principales– a los presupuestarios, financieros, organizativos y funcionales.  Al igual que la jauría — o sería mejor denominarla hato– del grabado cinegético, diversos grupos, cada vez más numerosos, de profesionales sanitarios vamos insistiendo una y otra vez a responsables políticos y gestores en que es necesario (y urgente) acometer cambios profundos del sistema antes de que sea demasiado tarde. Aunque el clamor, como a los jinetes de la pintura, no les inmuta lo más mínimo.

Tal vez las monturas se mostrarían más sensibles si los ladridos de la multitud de lebreles aumentaran de intensidad hasta ensordecerlas; en cuyo caso quizás se encabritaran y encolerizadas pusieran en peligro la estabilidad de los señores que las cabalgan.  Una algarabía que acaso requiera un desplante decidido de los zorros que, en el fondo, son los más perjudicados del cuento.

Una fábula en la que además de los críticos — encarnados en los sabuesos– y el pueblo llano en forma de raposa, intervienen caballeros más o menos elegantes e imponentes equinos, trasunto de dirigentes políticos y gestores, con la debida licencia. 


“Si profesionales sanitarios y ciudadanía fuéramos capaces de sintonizar nuestros movimientos las probabilidades de éxito se multiplicarían claramente”


Esta mayor intensidad solamente la puede proporcionar un movimiento reivindicativo de la ciudadanía que traduzca en movilizaciones de todo tipo su descontento con una atención pública sanitaria y social incapaz de satisfacer sus necesidades y expectativas más básicas.

Si profesionales sanitarios y ciudadanía fuéramos capaces de sintonizar nuestros movimientos las probabilidades de éxito se multiplicarían claramente. Es preciso que los primeros abandonen su actitud de suficiencia y que asuman que aisladamente no van a ser capaces de cambiar significativamente la situación y también que la ciudadanía y sus líderes no esperen a que los deterioros del incipiente estado de bienestar español sean tan graves que acaben ocasionando su muerte por inanición.

Claro que algunos jinetes que han intentado descabalgar de sus poltronas no han recibido precisamente el apoyo de quienes les han estado reprobando. Porque, desde luego, resulta más fácil predicar — incluido criticar- que dar trigo. Y para conseguir una buena cosecha es imprescindible el trabajo, muchas veces ímprobo, de todos.

Una actitud mucho menos gratificante que la que adoptan quienes siguen medrando al amparo de los cuernos de caza convenciéndose los unos a los otros de que: ladran luego cabalgamos.

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