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Duelo climático

Autor: nexosmexico

Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma,
la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
—Oliverio Girondo

Perder algo o a alguien constituye, quizás, uno de los desafíos emocionales más complejos por los que transitamos los seres humanos. Se trata de un adiós no deseado a un ser querido, a un país, una ciudad, un trabajo, una casa. En ese adiós, hay una suerte de desgarro, una fractura entre el mundo tal como lo conocíamos y ese otro que debemos empezar a transitar, aun contra nuestra voluntad. El duelo, entonces, se convierte en una batalla íntima y silenciosa, una lucha entre la necesidad de soltar y la resistencia a abandonar aquello que no queremos dejar ir. Es intentar avanzar cuando parte de nosotros insiste en quedarse. En duelo somos quienes éramos, pero en falta, con el abismo habitándonos las entrañas.

Ahora que el mundo se modifica a un ritmo que desafía nuestra capacidad de adaptación y entendimiento, habría que sumarle a nuestros duelos personales el duelo climático. El cambio climático está alterando radicalmente la vida como la conocemos; como dice Naomi Klein, el cambio climático “lo cambia todo”.1 A diferencia del duelo por un ser querido, donde el remordimiento por lo no dicho o hecho a menudo nos consume, la crisis climática puede frenarse. Aunque hemos presenciado la pérdida de innumerables vidas, tanto humanas como de la naturaleza, aún tenemos la oportunidad de enfrentar y prevenir las amenazas más graves que se avecinan.

De ahí que este duelo, lejos de ser una resignación, es más bien una invitación a colocarnos frente a frente con nuestra vulnerabilidad compartida, despertándonos a la magnitud de lo que aún podemos salvar. El dolor se puede erigir como un lenguaje universal, un puente que nos conecta profundamente con otros seres, humanos y no humanos. Es posible que sea precisamente desde este profundo dolor, vivido en el duelo, que podemos renacer, forjar nuevos sueños, caminos, vínculos y afectos. Quizá en estos duelos que nos atraviesan podamos buscar formas de reconstruir, redescubrir y, posiblemente, reinventar nuestra relación con el mundo; abrir nuevos caminos de deseo y esperanza.

Ilustración: Oldemar González

Pérdidas innombrables

Al adentrarnos en 2024, la realidad del cambio climático se nos impone con una fuerza ineludible. Nos vemos inmersos en una era de transformaciones irreversibles y devastadoras. Nos encaminamos hacia una crisis que verá el aumento de varios metros del nivel del mar, la extinción de los arrecifes tropicales, la transformación de vastas áreas del planeta convertidas en desiertos, ciudades costeras desaparecidas. En estos sombríos escenarios, serán las infancias y las personas históricamente marginadas y excluidas quienes soportarán las peores consecuencias de nuestra crisis climática.

En este contexto, la dualidad del término “duelo” —como pérdida y como combate— refleja nuestra lucha interna y colectiva frente a la pérdida de nuestro mundo tal y como lo conocíamos. Este término refleja una batalla, la guerra entre lo que era y lo que ya no es, entre lo pasado y lo presente.

Estamos en duelo al ver cómo el lugar que habitamos y amamos se destruye, un golpe a nuestro sentido de pertenencia y nuestra conexión visceral con nuestro entorno. Estamos en duelo por los seres vivos que se están extinguiendo, los que perderemos sin siquiera conocer; por los sueños y futuros que una vez creímos posibles y que ya no serán. No se acaba el mundo, se acaba “nuestro mundo” tal como lo conocemos. Este conflicto, esta guerra entre lo que era y lo que ya no es, nos reta a encontrar nuevas maneras de afrontar nuestro luto. Nos impulsa a buscar formas de reconocimiento y validación para nuestro dolor, a inventar rituales y narrativas que nos permitan procesar esta pérdida colectiva.

A pesar de la magnitud del dolor, el cambio climático encarna lo que la psicología denomina un duelo desautorizado,2 un proceso que no es reconocido o validado socialmente, ya sea por la naturaleza de la pérdida, por quién sufre la pérdida, o por cómo esa persona experimenta el duelo. Este concepto, introducido por el psicólogo Kenneth Doka, se refiere a las situaciones en las que el entorno social o cultural no ofrecen el espacio o el apoyo adecuado para que las personas lamenten sus pérdidas abiertamente. Cuando se trata de cambio climático, la sociedad invisibiliza y hasta estigmatiza este dolor.

Parte de esta problemática radica en que no tenemos un lenguaje adecuado para nombrar y expresar lo que vivimos. Esta carencia de palabras nos deja aún más desamparados frente a la magnitud de nuestro sentir. Zadie Smith nos dice que existe un lenguaje científico e ideológico para lo que está sucediendo con el clima, pero no hay palabras íntimas. Lo que sí hay es una manipulación del lenguaje, decimos “la nueva normalidad” porque no nos atrevemos a decir “la anormalidad”.

Necesitamos nombrar aquello que sentimos cuando el afuera se desmorona, para así poder comunicarnos y sostenernos en medio de este dolor que compartimos. En ese proceso es que podemos buscar formas de sanación tanto individual pero sobre todo colectivamente, donde la memoria y el amor por lo perdido se conviertan en la semilla de futuras resistencias y acción colectiva. 

El duelo climático, un laberinto sin salida

Aunque carecemos de las palabras precisas para nombrar las vivencias del duelo climático, podemos apoyarnos en lo ya escrito sobre el duelo en sí. Este cuerpo de conocimiento nos ofrece herramientas valiosas para articular y procesar nuestras propias experiencias frente a esta crisis global. El modelo de cinco etapas del duelo propuesto por Elisabeth Kübler-Ross —negación, ira, negociación, depresión y aceptación—3 ofrece un marco útil para conceptualizar nuestra travesía emocional a través de las próximas décadas frente al cambio climático. Es importante reconocer que estas etapas no se experimentan de manera secuencial ni rigurosa, sino que pueden entrelazarse o repetirse de formas únicas para cada persona. En su obra I Want a Better Catastrophe, Andrew Boyd profundiza en este enfoque, explorando la dinámica fluida de estas etapas en el contexto de la crisis climática.

Boyd explica que quienes conocemos de esta problemática comenzamos este viaje al revés, iniciamos en la aceptación. Esta aceptación no es sinónimo de resignación, sino de un enfrentamiento directo con la realidad, tenemos conocimiento de la evidencia y sabemos del consenso científico que pinta un futuro incierto y lleno de desafíos.

Esa aceptación nos lleva naturalmente a una depresión, donde la magnitud de la crisis es tal que nos abruma, llevándonos a veces a la negación. Esa negación nos retiene en un limbo de inacción. Admitir esta negación es crucial porque nos lleva hacia la negociación, donde intentamos convencernos de que el problema puede ser resuelto. Ahí es en donde entran las empresas y los gobiernos que quieren hacernos creer que con sus simulaciones vamos a superar esta crisis. Sin embargo, cuando trascendemos las falsedades del greenwashing y comprendemos que la solución al cambio climático va más allá de modificar nuestros hábitos de consumo, y que las empresas ni los gobiernos más contaminantes tienen ninguna intención de verdaderamente cambiar su curso contaminante, es ahí cuando el enojo se desata como una bestia indomable.

El enojo para el activismo climático ha sido un catalizador para el cambio, impulsándonos hacia la acción y la resistencia. Es un enojo que nos llama a cuestionar y a resistir las estructuras de poder que perpetuan la crisis. Nos permite exigir y demandar sin concesiones.

Luego nuevamente entraríamos en la depresión. Al desilusionarnos con las narrativas de progreso y reconocer la incapacidad de las estructuras de poder para generar cambios significativos, dice Boyd, encontramos una claridad que nos motiva a tomar riesgos y a comprometernos genuinamente con la lucha contra el cambio climático. Así llegamos a otro tipo de aceptación. Esta aceptación de la cruda realidad nos lleva a discernir entre lo que no podemos cambiar y lo que sí está en nuestras manos transformar, fusionando realismo con la determinación de actuar.

Más allá del duelo

Aunque resulte doloroso, lejos de rechazar el duelo, hay que entregarnos a él. En un mundo donde la cultura popular nos insta a “superar” las pérdidas, a evitar el dolor a toda costa, hay que vivir el duelo con honestidad, a sumergirnos sin reservas en el mar de nuestras emociones, desde la más profunda tristeza hasta la ira más intensa. Hay que permitirnos reconocer que no nos sentimos bien.4 La crisis actual requiere que reconozcamos el dolor y nos permitamos experimentar cada sentimiento que emerge, de otra forma estaríamos negando la magnitud de esta crisis. Este es, quizás, el primer paso no sólo hacia la sanación sino hacia la acción transformadora. No se trata de esquivar el dolor, sino de aprender a transitarlo, de descubrir en nuestra tristeza una fuerza que nos propulse adelante. Esta crisis demanda nuevos rituales, nuevas formas de acompañarnos. Tal vez así podamos “salvarnos a nado, de nuestro llanto”, y en ese acto de valentía, encontrar caminos hacia la reconstrucción y reimaginación de nuestro mundo.

Ana De Luca
Profesora investigadora de la Facultad de Ciencias, UABC. Editora de este espacio.


1 Klein, N., Esto lo cambia todo: El capitalismo contra el clima, Paidós, 2014

2 Doka, K. J., Disenfranchised Grief: Recognizing Hidden Sorrow, Lexington Books, 1989

3 Kübler-Ross, E., On Death and Dying, Macmillan, 1969

4 Devine, M., It’s OK That You’re Not OK: Meeting Grief and Loss in a Culture That Doesn’t Understand, Sounds True, 2017

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